Nacho de la Fuente narra de modo sublime algo verdaderamente inefable:

Llenas de calor la piel y la humedeces de frío sudor. Aceleras el pulso, agitas el cerebro con remolinos de intriga, haces que el corazón bombee a destiempo, que los ojos no miren fijamente, que todo se mueva aunque esté quieto, que las manos desobedezcan y no paren de buscar, que los pies martilleen el suelo, que las uñas se empotren en la lima dental, que los nudillos golpeen todo lo que suene, que las telas se peguen al cuerpo, que los pulmones reclamen hiperventilación, que la relajación sea ciencia-ficción, que la impaciencia circule por las venas, que la mente no se ponga en blanco, que un murmullo sea ruido, que el silencio inquiete. Haces jadear y resoplar. Haces que lo cerrado asfixie, que gobierne la irritabilidad, que los gestos irradien desasosiego, haces que se pierda la calma.

Eres pegajosa e insoportable. Apareces a traición buscando depresión. Maniatas la voluntad, exasperas la tranquilidad y desgarras el bienestar. Así de falsa eres, Ansiedad. Esposa del Estrés, prima hermana de la Angustia, gemela de la Agitación y amiga íntima de la Inquietud. Una mala compañera que siempre entra sin llamar.

(Vía: La Huella Digital)